jueves, 9 de mayo de 2013

CDM 4


Fabián salió de la casa de Paula y caminó hacia cualquier lado. No sabía adónde iba. Tampoco le importaba. Tenía la cabeza en blanco y el pecho apretado. Las piernas lo levaban solas, sin rumbo. Después de un rato se encontró en la plaza, sentado en las hamacas donde tantas veces había estado con Paula. A esa hora la plaza estaba solitaria. Se dejó llevar por el vaivén de la hamaca.
Tiempo para pensar, había dicho Paula. Ni siquiera sabía en qué pensar. ¿En ella? Si pensaba en Paula lo único que se le ocurría era que tenía ganas de volver corriendo para verla. No, no era eso lo que tenía que pensar.
Mañana no iba a poder llamarla para contarle: “¿Sabés que caminé como un boludo y terminé en la plaza? Arreglaron la hamaca que tenía la cadena rota, ¿Te acordás?”. Y Paula se iba a acordar y se iban a reír juntos recordando el día en que Fabián se cayó al piso.
No, mañana no se iban a reír juntos. Ni pasado, ni pasado a lo mejor nunca más. Tenía que pensar.

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