Fabián salió de la casa de Paula y caminó hacia cualquier
lado. No sabía adónde iba. Tampoco le importaba. Tenía la cabeza en blanco y el
pecho apretado. Las piernas lo levaban solas, sin rumbo. Después de un rato se
encontró en la plaza, sentado en las hamacas donde tantas veces había estado
con Paula. A esa hora la plaza estaba solitaria. Se dejó llevar por el vaivén
de la hamaca.
Tiempo para pensar, había dicho Paula. Ni siquiera sabía en
qué pensar. ¿En ella? Si pensaba en Paula lo único que se le ocurría era que
tenía ganas de volver corriendo para verla. No, no era eso lo que tenía que
pensar.
Mañana no iba a poder llamarla para contarle: “¿Sabés que
caminé como un boludo y terminé en la plaza? Arreglaron la hamaca que tenía la
cadena rota, ¿Te acordás?”. Y Paula se iba a acordar y se iban a reír juntos
recordando el día en que Fabián se cayó al piso.
No, mañana no se iban a reír juntos. Ni pasado, ni pasado a
lo mejor nunca más. Tenía que pensar.
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