jueves, 30 de mayo de 2013

Cincuenta sombras

Doy media vuelta, me sorprende un poco no tropezar y, sin volver a dirigirle la mirada, desaparezco por la vereda en dirección al estacionamiento.
Ya en el oscuro y frío cemento del estacionamiento, bajo su débil luz de tubo fluorescente, me apoyo en la pared y me cubro la cara con las manos. ¿En qué estaba pensando? No puedo evitar que se me llenen los ojos de lágrimas. ¿Por qué lloro? Me dejo caer al suelo, enfadada conmigo misma por esta absurda reacción. Levando las rodillas y las rodeo con los brazos. Quiero hacerme lo más pequeña posible. Quizá esta disparatado dolor sea menor cuanto más pequeña me haga. Apoyo la cabeza en las rodillas y dejo que las irracionales lágrimas fluyan sin freno. Estoy llorando la pérdida de algo que nunca he tenido. Qué ridículo. Lamentando la pérdida de algo que nunca ha existido... mis esperanzas frustradas, mis sueños frustrados y mis expectativas destrozadas.
Nunca me habían rechazado. Bueno, siempre era una de las últimas a las que elegían para jugar al básquet o al voleibol, pero eso lo entendía. Correr y hacer algo más a la vez, como hacer rebotar o lanzar una pelota, no es lo mío. Soy una auténtica negada para cualquier deporte.
Pero en el plano sentimental, nunca me he expuesto. Toda mi vida he sido insegura. [...]. Quizá sólo necesite un buen llanto.
¡Basta! ¡Basta ya!, me grita metafóricamente la voz de mi conciencia, con los brazos cruzados, apoyando en una pierna y dando golpecitos en el suelo con la otra. Métete en el coche, vete a casa y ponte a estudiar. Olvídalo... ¡Ahora mismo! Y deja ya de auto-compadecerte, de castigarte y toda esta mierda.
Respiro hondo varias veces, y me levanto.

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